13/7/16
Un día como hoy, 13 de julio de 1954, a los 47 años de edad, moría en su ciudad natal (Coyoacán, México) Frida Kahlo, la artista, la poeta, el símbolo, una de las mujeres que más admiro 💛
Había organizado el día para sacar un ratito para el blog y, destino mediante, me he topado con esta efeméride. Así que en homenaje a Frida dedicaré estas líneas a visitar el lugar en el que sufrió, amó, dibujó, escribió: la Casa Azul. Era el espacio al que siempre regresaba, no obstante, sus paredes fueron testigos de su nacimiento y muerte, ¿acaso hay algo más íntimo que el momento de venir y abandonar el mundo? Ubicada en la calle de Londres 247, en uno de los barrios más bellos y antiguos de la Ciudad de México, la Casa Azul fue convertida en museo en 1958, cuatro años después de la muerte de la pintora. Dicen quienes han tenido el privilegio de visitarla (ojalá pudiera pisar sus suelos algún día) que a pesar de ser un espacio turístico, aún conserva un aura especial que hace pensar que en La Casa Azul no solamente se quedaron sus objetos, sino la esencia de la artista.
En La Casa Azul el hogar se vertebra en torno al patio. En él, Frida conservaba una vegetación muy rica, principalmente de árboles frutales, la cual tiene una gran presencia en sus cuadros. La naturaleza como icono de lo efímero de la vida. De hecho, una de sus frases más icónicas es “Pinto flores para que así no mueran”. Diego Rivera amaba el arte prehispánico y muestra de esta querencia es la decoración de los jardines donde se pueden encontrar piezas del arte popular realmente valiosas.
Los colores no sólo están presentes en sus obras, también en su casa. La cocina es bellísima, típica construcción mexicana en la que cuelgan ollas de barro y cazuelas de sus paredes. Tanto Diego como Frida disfrutaban abriendo las puertas de su casa para agasajar a sus invitados con platos de la cocina mexicana y popular. Personalmente, me encanta el detalle de sus nombres escritos con caracolas del mar.
El estudio de Frida se mantiene tal y como ella lo dejó. Conserva sus pinceles, los pigmentos con los que aportaba colorido a sus cuadros, su caballete y su silla de ruedas. Este anexo de la casa se construyó años después por petición expresa de Diego Rivera, quien quería que su mujer disfrutara de un taller que exprimiera al máximo la luz. Los materiales utilizados fueron los propios de esta zona del país mexicano: piedra volcánica y basalto. Para la decoración, una vez más optaron por llenar las paredes de caracolas y por utilizar objetos de su amplia colección de arte popular mexicano. André Breton, Tina Modotti, Edward Weston, León Trotsky, Juan O´Gorman, Carlos Pellicer, José Clemente Orozco, Isamu Noguchi, Nickolas Muray o Sergei Eisenstein fueron algunas de las personas que pudieron visitar a Frida en su taller mientras ella expresaba en los lienzos sus vivencias y sentimientos.
Si hay un lugar realmente especial en La Casa Azul es su habitación. Creo que lo primero que supe de Frida siendo bien pequeña fue que, tras el grave accidente que sufrió en un autobús, su madre le puso un espejo en el techo de su cama para que pudiera verse y retratarse en los más de nueve meses que estuvo postrada. ¡Debió sufrir tanto en este espacio en el que pasó horas dibujando, tratando de recuperarse de las más de 35 operaciones! Me parece increíble que en unos pocos metros convivan objetos del dolor -como sus corsés y muletas-, con otros como sus batines, tocados de flores, gafas de sol o lacas de uñas, que muestran su coquetería.
Creo que nunca me cansaría de ver con detalle cada una de las fotos, postales, bocetos, cuadros o ropas que pertenecen a Kahlo. Hay algo que la envuelve que me parece mágico, aunque no sepa muy bien qué es.
Fuente de las fotografías: Belén Imaz | Revista AD
6/11/14
Esta mujer alta (medía 1’80), atlética, de mirada perdida, rasgos afilados y estrechamente unida a su Rolleiflex es Mrs Maier. Durante su vida pasó desapercibida, más allá de su atípica altura y acento francés, y vivió una existencia solitaria que sólo compartió con aquellos que confiaron en ella el cuidado de sus hijos. Fue la nanny atrevida y extraña, divertida y excéntrica, entregada y ciclotímica. Aunque quienes la conocieron la recuerdan siempre fotografiando de manera compulsiva todo aquello que se cruzara en su camino, nadie creyó que aquellas imágenes podrían colgar algún día de las galerías más prestigiosas del mundo.
Los testimonios a los que va accediendo el narrador de la historia nos revelan a una mujer con una fuerte personalidad, muy introvertida, que posee un don para el cuidado de los niños, pero que esconde un pasado un tanto oscuro del que nadie sabe nada. Maloof, consciente de la importancia de su legado, pone en marcha una investigación sobre sus orígenes que le lleva a un pequeño pueblo francés. Este pueblo remoto de los Alpes sale retratado en varias de las fotografías de Maier y en él habita el que se cree que es su único pariente, Sylvain Jaussaud, un primo lejano. Los últimos minutos vemos cómo la obra de esta gran fotógrafa, que fue rechazada por grandes instituciones como el MOMA por considerarla una amateur, va obteniendo reconocimiento y se expone en las principales galerías americanas y de todo el mundo.
Lo cierto es que, aunque no soy muy partidaria de los documentales en los que es tan fuerte la presencia del narrador, esta película me gustó bastante. Sobre todo porque me encanta todo lo que está relacionado con el archivo, con la huella que vamos dejando y que nos define, porque me sedujo el misterio que envuelve a Vivian Maier y porque me gusta la idea de pensar que existen muchas Maiers no descubiertas que disfrutan de crear, sin esperar el reconocimiento de un tercero. Pero, como mencionaba al principio de este texto, me quedé con muchísimas dudas.
En el documental apenas se habla de un tema complejísimo como es todo lo relacionado con los derechos y el Copyright de las fotografías. Maloof, en un momento de la cinta, hace mención a que para soportar los costes de la investigación y conservación del material comenzó a vender reproducciones. ¿Pero de quién son los derechos de este material, cuando la autora está fallecida y se sabe que no tenía intención de que su producción artística saliera a la luz? ¿Por el hecho de haber comprado varios negativos en una subasta se convierte Maloof y el resto de propietarios en dueños de la obra? ¿Qué opina el heredero, sabe realmente cuál es el valor de la obra de su prima? ¿Hasta dónde llega el deseo porque las fotografías de Maier sean reconocidas por el público y el lucro particular?
Mi intuición me decía que el hecho de que nada de esto se mencionara en el documental no era casualidad, sino que escondía una gran batalla detrás. Dos artículos publicados recientemente (éste de NY Times y éste de Los Ángeles Times) corroboran mi hipótesis. En los tribunales de Illinois se está librando una guerra en torno a los derechos de la obra que, muy probablemente, haga que ésta se vea amenazada y no pueda mostrarse al público hasta que la batalla legal no se desenrede. Por un lado, se encuentra el abogado David C. Deal, quien representa al que podría ser otro de los herederos de Maier: Francis Baille. En el otro extremo, se encuentra Maloof, quien dice haber firmado un contrato con Sylvain Jaussaud, el único heredero conocido hasta el momento, por medio del cuál éste le cede los derechos a cambio de un dinero o porcentaje de beneficios que no quieren dar a conocer. Todo es muy extraño: a Baille le llaman un día desde Chicago para contarle que es posible que sea el depositario de una herencia multimillonaria de alguien que no sabía ni que existía; Jaussaud cede los derechos aún intuyendo el valor de las fotografías y Deal se presenta como el abogado justiciero que se niega a que sea un tercero azaroso el que se lucre de una herencia que no le corresponde.
A todo esto hay que sumarle la ya de por sí enrevesada legislación que deja más lagunas que certezas. Para empezar, tal como explica Carolina A. Miranda en su artículo, es indispensable conocer quiénes son los herederos de Vivian, teniendo en cuenta que la ley se refiere a aquellos parientes más cercanos. Después, es importante saber qué poseía Vivian antes de su muerte, qué parte de su obra le correspondía. Teniendo en cuenta que murió con 80 años en la plena miseria, es difícil determinar esta cuestión. Aquí entra en juego otro agente para complicarlo todo mucho más: la compañía de trasteros en la que Maier tenía su vida desparramada en cajas. La mayoría de los contratos que se firman con estas compañías de almacenaje contienen cláusulas en las que se especifica que en caso de impago las pertenencias pasan a ser suyas, ¿pasaron a ser sus bienes parte de esta empresa? Al comprar Maloof el lote con las cajas de negativos, ¿se le estaba transfiriendo también los derechos de Copyright? La ley americana parece ser muy clara en esto: cuando tú compras unos negativos o unas fotografías, en la compra no va implícito el derecho a controlar la reproducción de esta obra. ¿Entonces, qué validez tiene el contrato firmado entre Jaussaud y Maloof si ninguno de los dos tiene el derecho de control sobre la obra de Maier? Llevado al extremo, ¿es lícito que se comercialice su obra?
Este caso me parece un ejemplo estupendo para explicar el embrollo que se esconde tras las leyes de Copyright. Leyes que se redactaron (supuestamente) para garantizar y velar por la libre difusión de obras artísticas y que, en casos como el de Vivian Maier, nos van a privar de disfrutar de su arte por una cuestión puramente de lucro económico. Viendo a estos hombres que nunca conocieron a esta mujer, pero que mantienen la convicción de poder decidir sobre el futuro de esas (sus) fotografías que nunca quisieron salir a la luz, me pregunto qué pensaría ella si pudiera ver por un agujerito el lío que se traen entre manos.





